De la Valoración, la Trascendencia y el Empoderamiento

"Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos."
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry
Hace poco conocí dos historias que en alguna medida alimentan mi pensamiento con respecto a la valoración y el merecimiento: "La princesa busca marido" de Jorge Bucay, y su versión femenina: "¿Crees que te merece?" atribuida a Cristian Testa, el punto es que -independiente de quiénes las hayan escrito o de a quiénes estén dirigidas-, dichas historias acompañan hoy mi catarsis. Así que emulando a Fernando Vallejo, quien en el comienzo de su obra: "La puta de Babilonia" arremete con argumentos contra lo que más repudia, me doy a la tarea de describir -con toda tranquilidad, sin decir una mentira, clarito y de una vez por todas- a dos de los seres más decepcionantes que conozco... aunque la verdad, creo que lo hago más con el ánimo de contextualizar, y sobre todo de contrastar, la podredumbre inercial del facilista, frente a la gallardía infinita de quien es capaz de construirse a sí mismo.
Ya sea que a la larga dichas historias estén dirigidas a los hombres cuyo sueño es ser 'machos alfa', es decir, aquellos hombres aparentemente muy seguros pero cuya fortaleza y carisma dependen de un poder circunstancial o de la sumisión de quienes son aún más débiles; que no tienen criterio propio ni proponen nada nuevo -y si lo llegan a hacer- no son coherentes ni capaces de romper paradigmas pues al final sus aspiraciones les son impuestas (inconscientemente) por la inercia social, y resultan tan simples, mecánicas, típicas o facilistas como las del mafioso más levantado... sí, aquellos que se las dan de originales, interesantes o hedonistas y entre otras cosas, se sueñan dueños de una o varias 'reinitas'. O ya sea que al final las historias estén dirigidas precisamente a algunas 'reinitas', es decir -entre todas las mujeres-, a aquellas que se creen muy seguras pero que sin carácter ni pensamiento propio son absurdamente manipulables por lo que esté de moda y viven de la aprobación externa a su fachada, y por lo mismo -y reflejando su escasa inteligencia de largo plazo-, no comprenden que lo importante es el corazón que es quien alimenta el espíritu que crea los sueños que pueden cambiar el universo; aquellas mujeres que se juran vivir en plenitud creyéndose perfectas, eternamente jóvenes (como si la juventud estuviese asociada a la inmadurez, al desubique, o al físico de gym y bisturí, y no a una postura crítica bien argumentada que se acompaña de un pensamiento estructuralmente propositivo, visionario y cabal), y hasta invulnerables, pero que en realidad no son capaces de reconocer sus falencias ni mucho menos de asumirlas para mejorar, y que ante cualquier dificultad miran para otro lado 'jugando a las escondidas tapándose los ojos' mientras se dejan llevar -cual veletas que manipula el viento- por un presente superficial en el que van para donde va todo el mundo... sí, aquellas mujeres que pueden terminar incluso degradadas, golpeadas y hasta de aspirantes inconscientes a prepago por dos cosas: la primera, por no amar su verdadera esencia (pues por su simpleza no se salen del paradigma de la zanahoria y el garrote y al no quererse bien a sí mismas, necesitan que les 'exijan' desde afuera y se terminan enganchando a quien las maltrata o las sub-valora esperando un cambio que nunca va a llegar), y la segunda, por no ser mínimamente visionarias y no esforzarse en aportar, en ser merecedoras, en crear sentido y en construir complicidad con quien sí las puede valorar esencialmente y para el largo plazo. Pobre gente, y no digo pobres por lástima ni porque me de tristeza la desilusión, pues al final -cuando todo pasa-, me tiene sin cuidado el desperdicio o el que sean pocas las personas capaces de evolucionar, digo pobres porque la pobreza, más allá de una situación económica coyuntural, es el estado mental de quien por carencia de valores no tiene nada realmente grandioso que ofrecer. En fin, cada rey buscará ser dueño de su princesa y cada princesa buscará venderse a su rey pues "cada arepa tiene su tiesto", pero después de la foto de dos de los protagonistas de las historias, el quid del asunto y lo que comparto de ellas, es que 'el detalle' de la (auto)valoración es estructural en la vida, y al final tiene muchísimo que ver con el merecimiento.
Ya sea que a la larga dichas historias estén dirigidas a los hombres cuyo sueño es ser 'machos alfa', es decir, aquellos hombres aparentemente muy seguros pero cuya fortaleza y carisma dependen de un poder circunstancial o de la sumisión de quienes son aún más débiles; que no tienen criterio propio ni proponen nada nuevo -y si lo llegan a hacer- no son coherentes ni capaces de romper paradigmas pues al final sus aspiraciones les son impuestas (inconscientemente) por la inercia social, y resultan tan simples, mecánicas, típicas o facilistas como las del mafioso más levantado... sí, aquellos que se las dan de originales, interesantes o hedonistas y entre otras cosas, se sueñan dueños de una o varias 'reinitas'. O ya sea que al final las historias estén dirigidas precisamente a algunas 'reinitas', es decir -entre todas las mujeres-, a aquellas que se creen muy seguras pero que sin carácter ni pensamiento propio son absurdamente manipulables por lo que esté de moda y viven de la aprobación externa a su fachada, y por lo mismo -y reflejando su escasa inteligencia de largo plazo-, no comprenden que lo importante es el corazón que es quien alimenta el espíritu que crea los sueños que pueden cambiar el universo; aquellas mujeres que se juran vivir en plenitud creyéndose perfectas, eternamente jóvenes (como si la juventud estuviese asociada a la inmadurez, al desubique, o al físico de gym y bisturí, y no a una postura crítica bien argumentada que se acompaña de un pensamiento estructuralmente propositivo, visionario y cabal), y hasta invulnerables, pero que en realidad no son capaces de reconocer sus falencias ni mucho menos de asumirlas para mejorar, y que ante cualquier dificultad miran para otro lado 'jugando a las escondidas tapándose los ojos' mientras se dejan llevar -cual veletas que manipula el viento- por un presente superficial en el que van para donde va todo el mundo... sí, aquellas mujeres que pueden terminar incluso degradadas, golpeadas y hasta de aspirantes inconscientes a prepago por dos cosas: la primera, por no amar su verdadera esencia (pues por su simpleza no se salen del paradigma de la zanahoria y el garrote y al no quererse bien a sí mismas, necesitan que les 'exijan' desde afuera y se terminan enganchando a quien las maltrata o las sub-valora esperando un cambio que nunca va a llegar), y la segunda, por no ser mínimamente visionarias y no esforzarse en aportar, en ser merecedoras, en crear sentido y en construir complicidad con quien sí las puede valorar esencialmente y para el largo plazo. Pobre gente, y no digo pobres por lástima ni porque me de tristeza la desilusión, pues al final -cuando todo pasa-, me tiene sin cuidado el desperdicio o el que sean pocas las personas capaces de evolucionar, digo pobres porque la pobreza, más allá de una situación económica coyuntural, es el estado mental de quien por carencia de valores no tiene nada realmente grandioso que ofrecer. En fin, cada rey buscará ser dueño de su princesa y cada princesa buscará venderse a su rey pues "cada arepa tiene su tiesto", pero después de la foto de dos de los protagonistas de las historias, el quid del asunto y lo que comparto de ellas, es que 'el detalle' de la (auto)valoración es estructural en la vida, y al final tiene muchísimo que ver con el merecimiento.
Más que valorarse, es saber valorarse, y saber valorarse imperfecto, pero sobre todo, saber valorarse esencialmente y saber amarse a sí mismo con la coherencia necesaria para crecer y mejorar todos los días, lo cual implica -por supuesto- plantear y construir un proyecto de vida. Ahora, amarse bien es sólo una parte de la ecuación, ya que también se requiere conocer y valorar el entorno en el que se vive desde los diferentes puntos de vista, tanto espaciales, como temporales, como de compañía, e implica ser capaz de romper paradigmas sin negociar los principios, implica ser propositivo, consecuente y cabal, y para que todo no se quede en las falsas promesas de las personas cuya palabra es poco fiable, el logro -porque "obras son amores y no buenas intenciones"- es cuidar y mejorar el escenario de vida y su contexto (recuerdo a Don Efraín cuando me decía: "mijo, si algo no le gusta o lo cambia o no se queja", así como una frase de no se quien, en los muros de ingeniería de la UN: "cuando se quiere algo se encuentran medios, cuando no, se buscan excusas"). Y es que es sólo en ese marco de valoración sistémica, en el que ya es posible reconocerse como parte de un todo y saber que en cualquier actitud, acción u omisión, consciente o inconsciente, absolutamente todos (porque la gente no son los demás) afectamos positiva o negativamente el entorno, sea hoy, mañana o en cien años, y es ahí en donde empieza a aparecer el sentido y la razón de la trascendencia, pues es esta, la trascendencia visionaria, la que está asociada al conocerse a fondo, al reconocerse en contexto, y al asumir la realidad mejorándola responsablemente y en forma sostenible.
El trascender, -que para el perezoso mediocre cortoplacista resulta una mamera-, es lo que le termina de dar el sentido pleno a la vida, es lo que la colorea y lo que la llena de verdadera alegría, es lo que da orgullo y permite saberse realmente valioso por lo que hay dentro y no por la fachada o por lo que se lleve puesto, y mucho menos por la plata circunstancial o por el número de "I like" de quienes no les cuesta más que un click. El trascender, junto con el aprender y el perdonar (sobre todo a sí mismo si alguna vez se degradó el alma al ofrecerla a quien no vale la pena y de quien no se puede esperar cuando todavía quedan muchísimas personas en el mundo que sí son realmente hermosas, en quienes sí se puede confiar y con quienes sí se puede construir complicidad), es pues lo que permite independizarse de lo que es nocivo y no está a la altura del corazón que es grande y profundo. Trascender significa reconocerse como un ser verdaderamente digno merecedor de la dicha y de la esencia de la vida, y es a su vez, saberse grande como para no degradar el alma ni el corazón a niveles tan bajos como los de un rey-macho alfa o los de una princesa-reinita. Ahora, el trascender está asociado a algo más que es lo que al final completa las columnas de la base para la verdadera realización: el dar lo mejor de sí mismo, que por supuesto va mucho más allá del 'importaculismo' de no hacerle daño a los demás (lo cual cuando se hace, refleja tanto la bajeza de quien -por ser inferior- busca aplastar a los demás para poder subirse sobre ellos y verse más alto, como la insensatez de quien espera ser valorado por individuos tan cobardes y tan ruines). El dar lo mejor de sí implica repensarse en contexto para construir a partir del paradigma del dar de la gente grande, implica renunciar valientemente al 'sino triple p' y al paradigma del recibir de los seres alienados y dormidos, implica -más que esforzarse- hacerlo todo de corazón para dejar huella, implica colorear con intensidad la vida, respirando plenamente cada instante pero con la consciencia de estar construyendo el futuro y de estar escribiendo la propia historia, implica ser honesto, ser capaz de comprometerse y soportar cabalmente sus promesas, así como tener el coraje de aprender a amar prefiriendo la esencia imperfecta de quien se esfuerza en crecer, frente a la falsa perfección de quien no tiene algo realmente trascendente que ofrecer, por tanto, implica finalmente construir complicidad sólo con quien sí está a la altura del corazón que ama sin medida.
Así pues, dar lo mejor de sí mismo para "brillar con luz propia" y valorar(se) esencialmente, significa trascender, y no hacerlo significa -por lo menos para mi (total es mi blog)-, "echar las perlas a los cerdos", "pedirle peras al mango" y "caminar dormido hacia el cadalso".
¡Hey!
Vive plenamente que lo único que no se recupera es lo mágico del tiempo perdido, pero vive inteligentemente, valorando, visionando y construyendo estructuralmente el futuro, -ya sea solo o ya sea con quien sí este a la altura de la complicidad-, pues la verdadera magia, la de la dicha profunda, es la que trasciende, y sólo se trasciende cuando se da lo mejor de sí.