Hasta luego...
Hay una historia que dice que un joven rey le pidió a los más grandes sabios de su reino un mensaje que fuese tan trascendente, significativo y esperanzador como para leerlo en el momento más crítico de la vida, y que al mismo tiempo, fuese tan sencillo que cupiese en el entorno interno de un anillo. Pues resulta que al final ningún sabio (seguramente ahogados y confundidos en un conocimiento ajeno) fue capaz de lograr el propósito, sin embargo, el jardinero del palacio -que había sido gran amigo del rey padre-, le pidió el anillo al joven rey y escribió el mensaje con una sola condición, que sólo fuese leído en un momento de vida o muerte, y el rey aceptó y se lo colocó.
Mi abuelita Ester, que no era mía, sino que más bien yo era su nieto -al igual que 13 personas más-, finalmente y tras una larga y tortuosa combinación de males fisiológicos y mentales, murió el 22 de septiembre (3 días antes de cumplir 88 años), y si bien es cierto salieron a flor de piel muchos sentimientos en las personas más cercanas, lo cual es natural frente a una pérdida tan dolorosa, en mi caso, su deceso también trajo a mi mente una serie de recuerdos complejos que son los que me llevan hoy a esta catarsis.
Existe una pre-ocupación por parte de toda la familia, de una posible des-unión, y es lógico porque tanta gente no puede pensar igual (seis hijos, catorce nietos, ocho bisnietos, además de yernos, nueras, cuñados, novias, novios, compadres, comadres, tías, tíos, primas, primos, cercanos y lejanos, y una que otra persona más), y es que si había algo que nos unía a todos era la Sra. Ester, de quien a propósito no voy a hablar tanto, y no porque no tenga muchísimo -y muchas cosas buenas que decir-, sino porque lo que dijeron en la iglesia mis primas (Paola y Clarita) -y sobre todo lo que dijo mi mamá en la sala de cremación-, es algo que no podría igualar ni con mis mejores palabras. El punto es que la pre-ocupación por la des-unión es un fantasma que seguramente debemos mirar de frente y encarar con humildad e inteligencia, pues más allá de las buenas intenciones y del orgullo convencional, somos una familia estructurada en valores como pocas que he conocido, y con un potencial, conocimiento y pragmatismo tan grandes, que bien organizados están en capacidad de aportar al desarrollo de este país, y es en parte, una de las razones por la cual hago esta reflexión.
Así que más allá de una ‘ocupación previa por lo que no existe todavía’ (definición de preocupación) -y que por paranoias propias y colectivas a veces terminamos creyendo y creando como profecías autocumplidas-, vinieron a mi mente y a mi corazón (porque no me aguanté y se me aguaron los ojos) tres vivencias más que necesito retomar: la muerte de Don Miguel, la muerte de Don Efraín y la muerte de la Sra. Ricarcinda.
I. Miguel Bernal (Coraje y Coherencia)
Cuando el abuelo Miguel se fue, yo aún era un niño, pero además de ver agonizar en mi habitación a esa persona que me generaba aún más respeto y mucho más temor que mi papá, era difícil comprender que hasta las personas más fuertes son frágiles frente a la inclemencia de algunas enfermedades, y es que a pesar de su origen humilde (que le curtió las manos y el corazón), de su juventud (murió de 54 años), de su coraje (fue uno de los líderes de la guerrilla liberal de los años 50’s), de su inteligencia (ayudó a redactar “La ley del llano”, fue campeón de ajedrez y aprendió joyería y enfermería en la cárcel, obligó a sus hijos a estudiar una carrera profesional, y le repetía continuamente a mi mamá que ante los conflictos innecesarios “evitar no es cobardía”), y de su coherencia (pagó unos años en la cárcel por sus creencias y por su participación en el conflicto, pero jamás dejó de creer en la necesidad de luchar por la justicia y tras recobrar su libertad, representó a los campesinos del llano frente al gobierno de Misael Pastrana), cuando llegó el cáncer a su cuerpo, lo llevó a la tumba, y en poco tiempo vi, como un ser admirable y quizá el primer ser ‘fuera de serie’ que conocí, se desvanecía.
Cuando el abuelo Miguel se fue, yo aún era un niño, pero además de ver agonizar en mi habitación a esa persona que me generaba aún más respeto y mucho más temor que mi papá, era difícil comprender que hasta las personas más fuertes son frágiles frente a la inclemencia de algunas enfermedades, y es que a pesar de su origen humilde (que le curtió las manos y el corazón), de su juventud (murió de 54 años), de su coraje (fue uno de los líderes de la guerrilla liberal de los años 50’s), de su inteligencia (ayudó a redactar “La ley del llano”, fue campeón de ajedrez y aprendió joyería y enfermería en la cárcel, obligó a sus hijos a estudiar una carrera profesional, y le repetía continuamente a mi mamá que ante los conflictos innecesarios “evitar no es cobardía”), y de su coherencia (pagó unos años en la cárcel por sus creencias y por su participación en el conflicto, pero jamás dejó de creer en la necesidad de luchar por la justicia y tras recobrar su libertad, representó a los campesinos del llano frente al gobierno de Misael Pastrana), cuando llegó el cáncer a su cuerpo, lo llevó a la tumba, y en poco tiempo vi, como un ser admirable y quizá el primer ser ‘fuera de serie’ que conocí, se desvanecía.
Cuando Don Miguel se fue, se fue tal vez el ser más poderoso que había visto hasta ese momento, y es que aunque yo era un niño, sabía que él era una persona que con una mirada o con una palabra corta y contundente podía ‘congelar’ a cualquiera, incluso a mi (y eso que de niño era más inquieto que Mariana, hacía más preguntas que Daniel, y aunque no era tan rebelde ni tan entendido como Nicolás, sí exigía más atención y era más consentido). He he, el abuelo Miguel era tan poderoso que era capaz de regalarme un caballo blanco llamado “Pampero” (el cual pocas veces monté porque, o era con él, o era con Don Efraín que me subía a un caballo), y regalarle el mismo caballo a Luz Ángela, y muy seguramente se reía de nuestras peleas por un caballo que, mi prima y yo, jamás alimentamos ni acariciamos pero en el que, junto al “Merengue” y la “Guabina”, sacó adelante una finca en el pie de monte llanero. El mismo caballo que tras su muerte, y de acuerdo con lo que me contaron (no se si fue Luis, o Carlos o Segundo), se llevó una cerca tras salir desbocado en una noche oscura en la que alguna luz empezó a rondar la casa.
II. Efraín Martínez (Responsabilidad y Conocimiento)
La muerte de mi padre fue quizá y hasta el momento, el suceso más impactante de mi vida, y aunque yo ya no estaba tan joven, fue el instante en que pienso tuve que madurar a la fuerza y sin reversa, -y no me refiero cuando digo ‘madurar’ a “estar en capacidad de caerse del árbol”-, me refiero a que tuve que empezar a ver que la vida es algo que necesariamente yo mismo me construyo. Su muerte fue a la vez tranquila (para él, pues murió en su silla, tras respirar profundamente tres veces cuando por fin pudo estar solo por un minuto, y con la seguridad de dejarnos a Diana, a Fabián y a mi, en las manos de la Sra. Graciela, y de dejar a la Sra. Graciela en compañía de un ser tan valioso como lo es Henry) y a la vez traumática (para mi, pues le hice Reanimación Cardio-Pulmonar, le imploraba mientras le daba respiración boca a boca que no me dejara solo, -y a pesar de estar descalzo y con los brazos dormidos del dolor por la reanimación- cargué su cuerpo hasta el carro que lo llevó a la clínica, mientras gente interesada y que no estaba al nivel del amor, de la historia, de la inteligencia, del conocimiento y de la verdadera familia de mi padre, gritaba histérica en el edificio, para luego, y en menos de dos semanas, sacar todo el dinero de sus cuentas bancarias).
La muerte de mi padre fue quizá y hasta el momento, el suceso más impactante de mi vida, y aunque yo ya no estaba tan joven, fue el instante en que pienso tuve que madurar a la fuerza y sin reversa, -y no me refiero cuando digo ‘madurar’ a “estar en capacidad de caerse del árbol”-, me refiero a que tuve que empezar a ver que la vida es algo que necesariamente yo mismo me construyo. Su muerte fue a la vez tranquila (para él, pues murió en su silla, tras respirar profundamente tres veces cuando por fin pudo estar solo por un minuto, y con la seguridad de dejarnos a Diana, a Fabián y a mi, en las manos de la Sra. Graciela, y de dejar a la Sra. Graciela en compañía de un ser tan valioso como lo es Henry) y a la vez traumática (para mi, pues le hice Reanimación Cardio-Pulmonar, le imploraba mientras le daba respiración boca a boca que no me dejara solo, -y a pesar de estar descalzo y con los brazos dormidos del dolor por la reanimación- cargué su cuerpo hasta el carro que lo llevó a la clínica, mientras gente interesada y que no estaba al nivel del amor, de la historia, de la inteligencia, del conocimiento y de la verdadera familia de mi padre, gritaba histérica en el edificio, para luego, y en menos de dos semanas, sacar todo el dinero de sus cuentas bancarias).
De esa noche recuerdo casi todo, pero de las cosas más difíciles, fue mirar a los ojos a la Sra. Graciela para decirle que, a pesar de contar sólo con 53 años, de haber sido uno de los hombres más inteligentes, más fuertes, con más conocimiento y más íntegro de los que he conocido, no pude revivirlo, y fue ver en sus ojos y en sus manos temblorosas, el significado del dolor (un dolor de una intensidad muy similar al que vi cuando semejante mujer, que cada día admiro más y más, despedía a mi abuelita Ester). También recuerdo, ya estando en la clínica, abatido y agotado, no tener suficiente fuerza para poder detener a Diana y a Fabián, quienes llegaron corriendo al mismo tiempo, y es que no quería que ninguno de los dos viera el cuerpo sin vida y sin arreglar de nuestro padre, y recuerdo con tristeza el momento en que tuve que decidir -porque no podía ya con la fuerza, los gritos y el forcejeo de ambos-, y solté a Diana porque preferí que fuese ella y no Fabián, quien también tuviese que guardar esa imagen en su mente.
Sé que Diana, Fabián y mi mamá durmieron juntos esa noche, mientras yo trataba de descansar acurrucado al lado del cuerpo de Don Efraín en la morgue esperando a la fiscalía (pues finalmente mi padre murió en el apartamento), y aunque seguramente tuve el tiempo, el espacio y el silencio para hablar de muchas cosas -imaginando que él aún estuviese por ahí-, ahora que lo veo en retrospectiva, se que no lo hice porque era un niño aún y estaba invadido por el terror de perderlo y de no saber para donde ir, sin él a mi lado respondiendo por mi vida.
III. Ricarcinda Romero (Generosidad y Rectitud)
Por un error de mi papá, que quizá al final no fue tan error porque el tener que defendernos de los ataques, intereses, cizañas e ignorancias de algunas personas externas, nos unió profundamente -y a pesar de ser tan distintos- a Diana, a Fabián y a mí, y lo más importante, nos hizo ver claramente, no sólo con quienes sí podíamos contar, -aquellos que estaban en capacidad de querernos, valorarnos y apoyarnos-, y con quiénes no podíamos contar, -aquellos que por la ignorancia o por la fragilidad del momento se dejaron manipular-, sino que nos permitió comprender la altura y la clase de personas y de familia que somos los hijos de Don Efraín y de la Sra. Graciela.
Por un error de mi papá, que quizá al final no fue tan error porque el tener que defendernos de los ataques, intereses, cizañas e ignorancias de algunas personas externas, nos unió profundamente -y a pesar de ser tan distintos- a Diana, a Fabián y a mí, y lo más importante, nos hizo ver claramente, no sólo con quienes sí podíamos contar, -aquellos que estaban en capacidad de querernos, valorarnos y apoyarnos-, y con quiénes no podíamos contar, -aquellos que por la ignorancia o por la fragilidad del momento se dejaron manipular-, sino que nos permitió comprender la altura y la clase de personas y de familia que somos los hijos de Don Efraín y de la Sra. Graciela.
Y es que Fabián, después de su pregrado y de su maestría en Nanotecnología y en Materiales, fue elegido para hacer un doctorado en una de las universidades más prestigiosas del mundo, mientras que Diana y yo, además de habernos graduado como profesionales y de habernos formado exitosamente en Universidades como la Nacional, la Libre (la misma en la que estudió mi papá) y la Javeriana, y de habernos desempeñado como excelentes profesionales que aportan alto valor agregado -y que se pagan su sueldo-, en Colegios, en Universidades, en Empresas Privadas, en Entidades Sin Ánimo de Lucro, en Gremios, en Colciencias, y en Multinacionales -lo cual evidencia que podemos aportar con verdadero conocimiento a la sociedad y a las grandes organizaciones (aquellas que van más allá de un ‘negocio’ y muchísimo más allá de las que existen a costa de aprovecharse de las circunstancias y sacar ventaja)-, estamos construyendo una nueva y hermosa familia (Diana Pilar con Mauricio, Nicolás y Mariana) y aportando estructural y decididamente al desarrollo del país (juzgar sin conocer a fondo es de facilistas, por tanto les invito respetuosamente a ver el website de SMO para comprender la propuesta que he hecho, o -por lo menos- para ver una de las últimas conferencias que he dado y que habla, entre otras cosas, de la diferencia entre los juicios a priori basados en la ignorancia vs. las afirmaciones a posteriori sustentadas en realidades).
Retomando la idea inicial, lo verdaderamente lamentable del error de mi padre, fue el alejamiento que tuvimos por un tiempo con nuestra familia paterna, por tanto la despedida con mi abuelita Ricarcinda fue un poco lejana, y aunque esperaron a que yo llegara a Fómeque para cerrar la tapa del cajón (lo cual reconozco y agradezco) y pudiera ver por última vez su rostro, para nosotros, -más que la semana anterior a su muerte en la que viajamos para saludarla y despedirnos-, creo que fue en la celebración de sus 90 años, en la que Diana, mi mamá y yo, pudimos finalmente y en privado, aclarar las cosas con ella y quedar en paz mutuamente, pero insisto, su partida fue un poco más lejana y casi que se empezó a dar el día en que mi padre murió.
Ahora, los aprendizajes, las anécdotas y los arraigos que tengo con respecto a esa mujer que vivió casi 92 años son imborrables, y los guardo en mi corazón y en mi memoria como la gran herencia en valores y en la fe que profeso, así como uno de los más grandes ejemplos de dedicación y de como hacer las cosas al derecho, y los guardo con recelo como guardo el recuerdo del último encuentro (que filmé) de mis dos abuelitas en Bogotá, y en el cual ambas evidenciaban su mutuo respeto y aprecio, -por encima de todas las circunstancias-, y hacían explícito su gran amor a la familia al consentir a Nicolás, cuando él aún era muy pequeño.
IV. Aprendizajes
Cuando una persona muere, fisiológicamente muere su pensamiento, pues así como los demás órganos y sistemas dejan de funcionar, el sistema nervioso y las neuronas se apagan. De hecho, y recordando las palabras de mi padre señalándose la cabeza: “mijo, yo puedo estar muy enfermo pero todavía estoy aquí”, el gran temor que tengo en mi vida es tener que pasar por lo que tuvo que pasar en los últimos años mi abuelita Ester, y es tener que sufrir el desvanecimiento de los pensamientos (y de uno mismo) por el Alzheimer, pero me alivia -en alguna medida- saber que tanto mi abuelita Ricarcinda, como mi abuelo Miguel y como mi padre, encararon la muerte en pleno uso de sus facultades mentales, y me da tranquilidad por las implicaciones de ello, -que más adelante se entienden-, y sobre todo porque lo que voy a empezar a expresar a continuación no es para nada sencillo, y por el contrario sí exige mucha racionalidad.
Cuando una persona muere, fisiológicamente muere su pensamiento, pues así como los demás órganos y sistemas dejan de funcionar, el sistema nervioso y las neuronas se apagan. De hecho, y recordando las palabras de mi padre señalándose la cabeza: “mijo, yo puedo estar muy enfermo pero todavía estoy aquí”, el gran temor que tengo en mi vida es tener que pasar por lo que tuvo que pasar en los últimos años mi abuelita Ester, y es tener que sufrir el desvanecimiento de los pensamientos (y de uno mismo) por el Alzheimer, pero me alivia -en alguna medida- saber que tanto mi abuelita Ricarcinda, como mi abuelo Miguel y como mi padre, encararon la muerte en pleno uso de sus facultades mentales, y me da tranquilidad por las implicaciones de ello, -que más adelante se entienden-, y sobre todo porque lo que voy a empezar a expresar a continuación no es para nada sencillo, y por el contrario sí exige mucha racionalidad.
“No somos seres humanos con experiencias espirituales, somos seres espirituales con una experiencia humana”
Cuando leí por primera vez esa frase (que lamentablemente no se de quién es y que estoy seguro que quien la dijo se tuvo que basar más en sus deseos que en sus vivencias), tomé la decisión, desde mi racionalidad, de validar para mi alma la razón por la que estamos en este mundo y en esta locura llamada vida, y es que creo que estamos acá para que el alma aprenda y crezca, es decir, para evolucionar desde lo que realmente somos, lo cual implica que los aprendizajes no se limitan únicamente a las buenas experiencias, sino que muchos de los grandes aprendizajes, -aquellos que redundan en cambios-, se dan precisamente en experiencias complejas, erradas y hasta dolorosas. Y es en ese marco en el que quiero resaltar algunas cosas que aprendí de quienes ya se fueron, y que sin demeritar mi amor y mi admiración por todo lo bueno que fueron y me aportaron, quiero exteriorizar para aprender, para crecer, y para evolucionar, y aunque hago la salvedad de que es mi perspectiva y que puedo estar equivocado en algunas cosas, el reconocer imperfectos a seres tan grandes, no sólo me acerca más a ellos sino que me permite amarlos más, y es que cuando solo se ven las cosas buenas de las personas, se les puede admirar, cuando se ven las cosas buenas y malas de las personas y se les acepta, se les termina valorando, pero cuando se ven las cosas buenas y malas de las personas, y se construye complicidad, y se mejora con ellas y gracias a ellas, se les ama verdaderamente, así que empecemos.
Mi abuelo Miguel era de mal genio, o por lo menos así lo recuerdo, y recuerdo que le tenía tanto temor que me ponía muy nervioso cuando él llegaba, tal vez el contraste de la voz cálida de mi mamá y el silencio de mi papá, con la voz gruesa -y matizada por el cigarrillo y por el tinto-, y el bigote estilo Hitler que usaba (aunque en ese momento no tenía dicho referente), hacían que me asustara un poco, y así como no olvido su fuerza algo brusca alzándome para montarme en el tractor o en el caballo cuando estábamos en la finca, tampoco olvido su complicidad con mi tio Chepe cuando llegaron en el Jeep Comando a la casa de la Estrada, para entregarme la pista de carros que me compraron (que a finales de los años 70’s era el regalo más suntuoso que un niño podía querer) y que me ayudaron a armar.
Hoy sé que mi abuelo, el mismo que de un salvajismo espartano hacía correr a mi madre detrás de él -montado en un caballo (tal vez Pampero)-, para que “cogiera fuerza en las piernas”, le dijo a ella en su lecho de muerte: “¡dígale a su Dios, -si es que existe-, que me lleve ya!”, pero a pesar de eso y con toda la valentía que lo caracterizaba, debió haber sentido mucho miedo pues se aferró a la mano de ella y literalmente se la llevó hasta cuando vio una luz, momento en que la soltó y mientras moría, mi madre se desvanecía y se desmayaba. Sí Don Miguel, evitar no es cobardía, pero la rudeza no es la única manera de amar, y sentir miedo también es válido porque al final, todos enfrentaremos lo que no se puede evitar. Pero abuelo Miguel, gracias de corazón por todas las cosas buenas, por hacer que hagan sentido en mi vida el Coraje y la Coherencia, y también gracias por las cosas malas, y sepa donde esté que me siento bendecido por ser su nieto, que lo llevo en mi corazón, y que lo amaré por siempre.
Mi mamá le contó esa historia a mi padre, y él, tal vez por su orgullo y por su dolor (porque el abuelo Miguel era su gran amigo y lo veía como un segundo padre) no sólo no le creyó, sino que por sus ideas izquierdistas y materialistas -de ese momento y que entre otras cosas lo conectaban tanto con Don Miguel-, no validó. Lo irónico es que casi 20 años más tarde, Don Efraín me contaba cómo en dos ocasiones vio la dichosa luz (en la sala de cirugía de la Shaio y una vez que entró en crisis en el apartamento). ¡Ay! Don Efraín, ¿cómo fue capaz de cambiar diametralmente su forma de pensar (de esa izquierda mamerta y resentida, que se queja por todo, quiere todo regalado y no propone nada, -y que casi lo lleva a Cuba a una reunión de sindicalistas el mismo día de su matrimonio-, a esa posición radical y derechista, cuasi fascista y alienada con los medios que embrutecen, lavan el cerebro y nos quieren hacer creer que todo está bien)?, ¿fue acaso para protegernos a Diana, a Fabián y a mi?, y si así fue, ¿por qué no fue entonces capaz de tomar esa decisión al final de su vida, y salirse de esa maldita cárcel en la que se había metido y de la cual sé que quería salirse por lo que me dijo la última vez que estuvo en UCI?, ¿acaso fue por eso que tan pronto lo dejaron solo en la habitación respiró fuerte, tomó fuerzas y se escapó?. Sí Don Efraín, “un Martínez no llora ni baja la cabeza”, y “más reversa tiene una cascada”, pero a veces hay que reconocer que nos equivocamos, a veces hay que perdonar y perdonarse a sí mismo, y a veces vale la pena retomar el camino con quien sí vale la pena, en vez de arriesgarse a degradarse y a desvanecerse prestándose a ser valorado por seres inferiores. Pero padre, de verdad, gracias de todo corazón por todas las cosas buenas, por hacer que hagan sentido en mi vida la Responsabilidad y el Conocimiento, y también gracias por las cosas malas, y sepa donde esté que me siento plenamente bendecido y muy orgulloso de ser su hijo, y es que "de por Dios", todo el mundo sabe que al igual que a la Sra. Graciela (que representa para mi el Amor y la Sabiduría)-, siempre lo llevo en mi corazón y en mi mente, y que inclusive lo nombro hasta en los artículos que escribo y en mis conferencias, así que puede estar absolutamente seguro que hizo un buen trabajo, que lo amaré por siempre, y que jamás lo olvidaré.
La gran pre-ocupación de mi padre era el dolor de mi abuelita Ricarcinda, pero finalmente entre mentiras y verdades a medias, a mi abuelita le tocó recibir la noticia más dura que puede recibir un ser humano y es que le digan que su hijo murió. Pero ¿por qué había que mentir todo el tiempo si cuando llegó el momento no se podía ‘jugar a las escondidas tapándose los ojos’?, ¿tendría que ver con los intereses hipócritas y de manipulación de quienes estaban con mi padre por interés esperando su muerte?, ¿tendría que ver con el miedo de Don Efraín a volver a fallar frente a ella?. Sí Sra. Ricarcinda, mi padre heredó de Ud., -además de los valores y la integridad-, el orgullo, ese orgullo que hizo que alguna vez Ud. me regañara por relacionarme con algunas personas de una clase social diferente (¿?) y ordenara que me trajeran a Bogotá en unas vacaciones cuando todavía era un niño (independiente de sus buenas intenciones para protegerme y para que no se aprovecharan de mi “inocencia”), ese orgullo que heredó mi padre y que no le permitió perdonar y perdonarse (por lo menos hasta cuando murió) el que su matrimonio con mi madre hubiese fracasado, ese orgullo que lo llevó a caer en la trampa de un matrimonio casi forzado y a la carrera en Venezuela, y lo que es peor, que cuando se dio cuenta y a pesar de decir al respecto “que había aprendido en su vida que el amor se acaba”, no le permitió tomar una decisión necesaria, y es que por más enfermo que estaba, él ‘aún estaba en su cabeza’ y era menester terminar esa relación falsa y malsana, pero no lo hizo por miedo a decepcionarla nuevamente, sí abuelita, el orgullo nos permite llevar la frente en alto y ver las dificultades a los ojos, pero también nos limita, nos marca, y nos aísla. Pero abuelita Ricarcinda, gracias de corazón por las las cosas buenas, por lograr que hagan sentido en mi vida la Generosidad y la Rectitud, y también gracias por las cosas malas, y sepa donde esté que me siento bendecido y afortunado de ser su nieto, que la llevo en mi corazón, y que la amaré por siempre.
Con respecto a mi abuelita Ester, además de estar de acuerdo con las palabras de Paola, de Clarita, y de sobre todo con las de mi madre despidiéndola en la sala de cremación, he de decir dos cosas: la primera que ya al final de sus días y un poco antes de la cirugía -que increíblemente soportó-, yo estaba saliendo del apartamento y me di cuenta que tras despedirme me miró de reojo y se trató de tapar la masa terrible que tenía en el cuello (que ya era más grande que su cara y que no le permitía mirar a los lados), y sentí algo de lástima pues sé cuan vanidosa era y muy seguramente -y en ese momento-, de todos sus males, ese era el que la estaba mortificando más que nada. Sí abuelita, una cosa es sentirse bien de adentro hacia afuera y reflejarlo, y otra muy distinta es depender de lo externo, de la imagen y del "¿qué dirán?"... ahora y en honor a la verdad, he de contar que alguna vez que conoció a una niña con la que salí (siempre estaba interesada en conocer las personas con quienes salía) la miró de arriba abajo y me dijo: “mijo, disfrútela mientras pueda pero no espere mucho de ella”, lo cual obviamente me molestó porque por un lado, yo creía en esa niña en ese momento, y por otro, porque el hecho de que una mujer fuese bonita no significa que fuese una tonta o que no fuese alguien de quien sí se podía esperar (aunque en ese caso, mi abuelita finalmente tenía la razón), el punto es que esa advertencia me mostró que a pesar de todo era muy consciente del verdadero valor trascendente e interno de las personas, pero también vi con tristeza que el haberle dado tanta importancia, por tantos años, a la imagen, y el hecho mismo de ser tan vanidosa, no era una virtud, y por el contrario, le debió haber significado una tortura terrible en esos momentos.
Lo segundo, es el recuerdo de la última vez que mi abuelita Ester me regañó conscientemente, ella estaba saliendo desesperada del apartamento de Diana, y aunque yo le decía que se esperara y que a esa hora y con esa lluvia (que además le podía hacer daño) no iba a conseguir taxi, ella subió la voz y me dijo molesta que si es que yo no entendía que su apartamento estaba solo y que no había nadie que lo cuidara. Sí abuelita Ester, trabajar es virtud y orgullo, pero uno trabaja para vivir, uno no vive para trabajar, y así como uno no vale por lo que tenga (mirada subjetiva) ni lo que uno tiene determina su valor (mirada objetiva), entre más cosas posee la gente, esas mismas cosas más poseen a la gente, y no solo eso, sino que las cargan y no les permiten ni ser libres, ni volar, ni crecer, y si bien es cierto su mente ya se estaba desconectando, el aferrarse tanto a lo material, -además de agredir y de alejar a quienes le amaban y le querían expresar su cariño acompañándola-, le amargaba su existencia (aún recuerdo su rabia mientras me regañaba y no olvide que la rabia carcome hacia adentro), y es que así fuesen pocos los momentos de lucidez o que su lucidez se hubiese disminuido al final de sus días, Ud. sabía que no se iba a poder llevar nada y que tenía que asumir su realidad -más allá de aguantarse semejante cirugía- sin ninguna clase de bastón material. Pero abuelita Ester, gracias de corazón por todas las cosas buenas, por lograr que hagan sentido en mi vida la Alegría y la Complicidad, y también muchas gracias por las cosas malas, y sepa donde esté que me siento bendecido por ser su nieto, que la llevo en mi corazón, y que la amaré por siempre.
Para finalizar, creo que es importante recordar con amor y con orgullo (del bueno) las enseñanzas, los ejemplos y el amor recibido por parte de quienes se nos adelantaron, pero -aunque pueda sonar un poco agresivo para la gente básica-, el reconocer -y sobre todo- el aprender también de las cosas malas, es supremamente importante, de hecho y como se plantea en una investigación (afirmaciones en vez de opiniones), la gran ironía de las relaciones humanas, consiste en que las personas pretendemos mostrar siempre lo mejor para ser aceptados, pero mientras no nos mostremos tal y como somos, jamás nos vamos a conectar, y lo más importante, mientras no nos amemos lo suficiente como para ser capaces de querernos con defectos y virtudes, no vamos a ser capaces de mejorar dichos defectos, ni crecer, ni mucho menos evolucionar. Ahora, hay algo adicional, que tal vez esté matizado por lo místico, y es que he pensado que si hay un alma tras la muerte terrenal, esta alma (y más si ha perdido algo de consciencia) puede demorarse en desconectarse del mundo y de la vida -y por tanto puede bloquearse y dejar de evolucionar-, en función de los pendientes que crea haya dejado sin resolver, de manera pues que por mi parte, con todo el amor del mundo, y con la mayor gratitud, les digo a mi abuelo Miguel, a Don Efraín, a mi abuelita Ricarcinda y a mi abuelita Ester: les amo con virtudes y defectos, les agradezco todos sus aportes, y por mi, pueden desengancharse, evolucionar e ir a donde tengan que ir, que seguramente (y ojalá), nos volveremos a ver.
Y claro, frente a la tristeza por la partida, hay que quitarse el anillo y leer el mensaje:
“Todo pasa… tanto lo bueno como lo malo pasa”.
Septiembre 26 de 2012
