jueves, mayo 02, 2013

Dios no es una franquicia...

Han pasado ya varios años desde la primera vez que quise encarar esto, y si bien desde esa época la idea me ha dado vueltas en la cabeza, creo que hoy, con el paraíso de la insensatez legislando de nuevo en contra de su propia constitución y lavándose las manos mientras esconde su ineptitud detrás de Dios (como si él fuese una marca), es tiempo de hacerlo...

El positivismo es una corriente filosófica que plantea que lo que no se puede probar no es verdad, y la ciencia ha estructurado el progreso y el desarrollo de las sociedades a partir de dicha premisa haciendo uso del método científico, y lo ha hecho a tal punto que hoy por hoy, la expectativa de vida es más alta, usamos celulares para comunicarnos, y mediante el uso de la Internet podemos evidenciar -de manera descarada e insensible- las abismales brechas sociales, tecnológicas y de educación entre ricos y pobres (o mejor, entre quienes ostentan un poder circunstancial y sustentan su seguridad en lo que creen tener y juran eterno, y quienes en función de su ignorancia, no son conscientes de la manipulación, ni tampoco proponen cambios estructurales, incluyentes y de largo plazo, manteniendo su sumisión y su servilismo). Y aunque existen más corrientes y perspectivas tanto para la ciencia como para la investigación, -y por tanto más formas para determinar lo que es cierto y lo que no-, al final lo que todas buscan es precisamente eso, establecer lo que es verdad y lo que no lo es.

En ese marco, -y muy consciente de las implicaciones de lo que voy a expresar- he de compartir una verdad que, le guste o no a muchas personas, no es sólo mi punto de vista, sino una certeza en este momento de la historia y de la ciencia:

No hay pruebas científicas de la existencia de Dios 

Y aprovecho la afirmación que acabo de hacer para dejar claro dos cosas de una vez por todas (sobre todo previendo algunos potenciales argumentos frente a los cuales no pienso desgastarme ni por un instante): la Biblia no es un texto científico, por tanto ni lo que está escrito ahí, ni el libro en sí mismo, representan la más mínima prueba científica, y por otro lado -y en función de una historia viral en Internet-, es muy poco probable que Albert Einstein haya dicho alguna vez que "el mal es la ausencia de Dios",  alguien tan inteligente como Einstein sabría que "mal" es antónimo de "bien" y pare de contar, luego el mito que plantea que él afirmó eso, no debe ser más que un montaje al que le atribuyeron su nombre para convencer personas imbéciles y pusilánimes, igual -y en el remoto caso en que hubiese sido cierto-, no por el sólo hecho de que él lo haya afirmado se vuelve una verdad (Albert Einstein no ganó el premio nobel de física sólo por haber firmado un documento con su nombre).

Quizá el positivismo pueda resultar contundente y radical pero ¿qué hacemos? si es finalmente lo que hay, sin embargo, -y esto también es importante hacerlo explícito-, el que no se pueda probar algo no implica necesariamente que no pueda ser verdad, lo que implica es que en ese momento no se puede validar como verdadero, luego lo que se considera cierto en algún momento, puede dejar de serlo en otro, y viceversa, lo que se considera falso puede convertirse en una certeza más adelante. De manera que el validar o el negar algo, debería entenderse siempre, -ya sea una afirmación o sea una negación-, como una certeza temporal.

Partiendo entonces del hecho de que no hay pruebas de la existencia de Dios, -así como tampoco hay pruebas de que no exista-, Dios termina siendo, para nosotros, una concepción y una creencia íntima y personal, independiente de nuestra consciencia de ello y de lo que nos hayan dicho, por más matices, argumentos y dogmas que nos hayan sido impuestos durante siglos en función de nuestra mínima postura crítica al respecto.

Ahora, lo importante acá no es si creemos o no en la existencia de Dios, eso al final es lo de menos ya que si se cree en él, -así sea con todas las fuerzas y argumentos no científicos-, es tan válido como si no se cree en él, pues en ambos casos es una decisión tan personal como el que algo nos guste o no nos guste. Lo verdaderamente importante acá tiene que ver con dos aspectos, -y para quienes decidamos creer en Dios-, el primero, con la concepción que creamos (del verbo crear) acerca de Dios, y el segundo, con las implicaciones, el sentido y la trascendencia de creer en lo que hemos creado, o en otras palabras, con el sentido que dicha concepción le hace a nuestras vidas.

Antes de profundizar en cada uno de esos aspectos es menester aclarar algo adicional:

Dios, -o mejor-, la concepción de Dios es una cosa, y las religiones son otra

Desde esa perspectiva, es necesario hacer explícito que las religiones son organizaciones que históricamente se han atribuido y han impuesto (de manera muy ventajosa) tanto las definiciones de Dios, como los procesos de intermediación entre las personas y el Dios que han definido, y en ese marco quiero compartir las cinco reflexiones que, relacionadas entre sí, fueron las que me llevaron a escribir esta catarsis:
  1. No somos conscientes de que Dios es una concepción,
  2. Al no tener consciencia de que Dios es una concepción, no decidimos deliberadamente si creemos o no en su existencia
  3. Cuando creemos en Dios, no sólo damos por sentado que existe, sino que aceptamos ciegamente la definición que nos imponen de él
  4. A partir de la definición que permitimos se nos imponga, se nos manipula, y
  5. Utilizamos el concepto de Dios como argumento para hacer o para dejar de hacer cosas, o en otras palabras, para tomar decisiones, y -lo que es peor- para juzgar a los demás aceptándolos o rechazándolos 
...sí, increíble todo lo que implica como para que Dios no exista, o como para que exista y no se parezca en nada a lo que hemos creído.

Ahora sí, con respecto al primer aspecto (crear a Dios), las religiones siempre caen en la paradoja de crear al creador pues definir algo es en cierta medida crearlo, y la definición que siempre hacen de Dios involucra su aspecto creador. Por otro lado, se puede evidenciar una tendencia malsana de manipulación por parte de estas instituciones que se han otorgado el poder de ser los intermediarios de Dios, -como si Dios fuese una franquicia-, pues hacen uso de los elementos más básicos e inconscientes de las personas, como lo son sus deseos, sus miedos, su ignorancia y su culpa, para imponerles una definición de Dios... una definición que al fin de cuentas les ha dado grandes beneficios como 'intermediarios'.

Si la intención es que la gente invierta (sin R.O.E. en este mundo) sus esperanzas, sus esfuerzos y -sus riquezas- en estas 'franquicias', resulta muy práctico definir a Dios como un mago que premia y que se 'activa' por medio de una supuesta 'verdadera fe', y a quien se le pueden pedir desde los deseos más banales hasta los más complejos ("todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado... pero pedid con fe"), y es en ese momento en el que además, -y para colmo de males-, se abre inconscientemente la posibilidad de no asumir responsablemente la construcción del propio destino ("has que me gane la lotería", "has que haya paz", "has que me amen", "has que mi equipo gane"). Luego si algo sale como se 'solicitó', es "gracias a Dios", y si no sale es por falta de fe en él (culpa)... definitivamente es un negocio redondo en el que la franquicia no pierde jamás porque si se cumplen los deseos, cobra -así sea con reconocimiento y publicidad-, y si no se cumplen no es por su culpa.

Por otro lado está la manipulación asociada al temor y a la ignorancia de la gente que define a Dios como un simple operario que existe para juzgar y castigar (envía el diluvio, acaba con Sodoma y Gomorra, hunde el Titanic, castiga a los judíos con el tercer Reich, no permite que los políticos hampones y vendidos que tenemos en el congreso aprueben el matrimonio igualitario, etc., etc., y un millón de etc.), y es que al manipular a las personas en función del temor y de la ignorancia, las religiones logran dos cosas: que la gente no piense (y por tanto no cuestione), y que la gente ande asustada y busque refugio en ellas.

En cuanto al segundo aspecto (sentido que hace la concepción de Dios en nuestras vidas), es importante resaltar algo:

Ser religioso no es garantía de bondad y ser ateo no implica maldad

Si bien es cierto, dentro de las religiones hay muchas personas bondadosas y valiosas, que son  culturalmente adecuadas para construir y mejorar la sociedad, el que sean así no es necesariamente por su concepto de Dios ni por su religiosidad, en el fondo las características de todas las personas están dadas por sus motivadores intrínsecos y por sus valores, independiente de que tengan un matiz teológico y/o religioso. Y es que los motivadores intrínsecos (autonomía, maestría y sentido de trascendencia) son, -junto con los valores-, los elementos que verdaderamente determinan la actitud y el comportamiento de las personas en su entorno social de convivencia, y ni los unos ni los otros son exclusividad de ninguna religión, por tanto, el contar o no con ellos, no depende de creer -o no- en Dios, ni de ser parte -o no- de alguna religión, depende de la conjugación de tres elementos: de la formación (religiosa o no), de las características del escenario de crecimiento, y de las características del escenario de vida, por tanto la bondad como la maldad, -desde cualquier perspectiva social y cultural-, no están atadas necesariamente a la creencia en Dios, y mucho menos a seguir al pie de la letra lo que dicen las religiones y sus instrumentos. A propósito de esto último, es realmente absurdo pretender aplicar en nuestro contexto lo que dice un libro que es la recopilación de miles de historias ficticias (no científicas), que -si llegaron a pasar- ocurrieron  hace más de 2.000 años, en un escenario social y cultural completamente distinto al nuestro, y que -para rematar- fueron traducidas por lo menos a 4 idiomas antes de llegar al español, a lo largo de 20 siglos.

Entonces unas cuantas preguntas para pensar un 'poquitín': ¿acaso un ateo no puede ser una persona buena que le contribuya a la sociedad?, ¿acaso todas las personas religiosas son buenas?, ¿acaso las religiones no son las responsables, directa o indirectamente, de la mayoría de las muertes violentas a lo largo de la historia?, ¿acaso Colombia no es un estado laico con libertad de cultos? ¿acaso una persona no puede tener una concepción de Dios independiente de que no esté mediada por alguna religión?, ¿acaso no son los valores los que determinan las características de la convivencia en una sociedad?, ¿acaso los valores son exclusividad de las religiones?, ¿acaso los valores no se apropian y se estructuran en la familia y/o en el entorno de crecimiento?

Por último, y tomando en cuenta todo lo que he expuesto, declaro lo siguiente:
  1. Que desde mi conocimiento, experiencia y experticia, muy consciente de la incertidumbre positivista y de manera necesaria, personal e íntima, decido crear y creer en un concepto de Dios amoroso, universal, atemporal, y sinérgico, que probablemente me haga sentido sólo a mi, pero que me permite ser como soy y evolucionar, sin delegar ni evadir responsabilidades con respecto a mis decisiones, a mis actos, a mis tristezas, a mis alegrías, y a mis logros.
  2. Que no pretendo imponer mi concepción de Dios a ninguna persona, y respeto, -independiente de mis argumentos, de mi posición y de que ahora en adelante me tenga sin cuidado-, lo que los demás crean con respecto a Dios.
  3. Que no me presto más a ningún tipo de manipulación por parte de ninguna religión, porque -con bastantes argumentos- ya no creo en ellas, y porque independiente de algunos elementos conceptuales que pueden resultar similares, tanto el sentido como el concepto de Dios que yo creo, y en los que decido creer, son personales y muy diferentes a los que las religiones han pretendido imponer históricamente, -y a mi modo de ver-, de manera solapada, interesada y ventajosa.
  4. Que aunque debería estar de más este cuarto punto, mantengo mi ética, mis valores y mis principios morales como los ejes rectores de mi vida, que me permiten (y me han permitido hasta ahora) llevar una convivencia social, sana, normal y respetuosa, en la que probablemente algo habré aportado a la sociedad y a las personas que amo, y en la que definitivamente busco aportar mucho más para su desarrollo y para su crecimiento estructural de largo plazo.
Si bien "la apuesta de Pascal" plantea que es más estratégico creer en Dios que no hacerlo, en función de un posible rendimiento de cuentas post mortem a un Dios preestablecido por la religión, yo, con esta reflexión, con la tranquilidad de no ofender ni escandalizar a quien -de manera inteligente- haya sido capaz de comprender lo que he escrito, y tanto por empoderamiento como por la necesidad de asumir responsablemente mi vida, concluyo que:

Dios no es una franquicia... Dios soy yo, y lo que yo hago de él para mi vida.